Monday, April 28, 2008

Flores Secas



Las ventanas de la habitación estaban empapadas de humedad, podías sentir cómo las gotas chocaban contra éstas; las escuchas, las hueles, hasta parecen tener un tentador gusto a lluvia. Te levantaste de tu lecho y corriste la cortina: Viste directamente el basurero del edificio... qué orificio más nauseabundo, pensaste mientras te echas el abrigo encima. No sabes con exactitud qué hora es, supones que las dos de la mañana, pero daba exactamente lo mismo. Qué importaba el trabajo, qué importaba no contestar los teléfonos de la empresa por un día, no escuchar las voces decrépitas reclamando… Encendiste un cigarrillo. ¿Qué era tu vida en esos instantes? Un montón de lluvia placentera, un cigarrillo que se iba consumiendo, una habitación amplia, tu cama, tu esposo... Adán. Incluso al pronunciar su nombre reías. Era evocativo, obviamente, decías: la historia más estúpida que habías escuchado en toda tu vida: Adán y Eva, los primeros hombres en la tierra. Vaya qué ocioso se le habría ocurrido inventar tal cosa, ¿no, Magdalena?... Tú, una mujer de veintisiete años, tenías el criterio suficiente para no creer en mitos. Ya sólo quedaban cenizas de tu cigarrillo; preferiste volver a la cama e intentar dormir. Pero no habías contestado aún, ¿qué era tu vida en aquellos instantes? Un montón de flores secas, pensaste. A tu cabeza llegaron todos los recuerdos de la infancia que más te apenaban: Magdalena, la niña que le temía a las flores, la que sufría con pesadillas en las cuales esos adefesios coloridos crecían hasta hacerte sentir un insecto, un suspiro entre sus horrendas voces andróginas, una desamparada en manos de espinas hirientes, gigantes que teñían tu cuerpo entero de rojo... Tu cuerpo entero de rojo y sentiste como bajaba la sangre de la luna por tus piernas. Luego en tu adolescencia vinieron los regalos de Adán para conquistarte: flores y chocolates. Qué estúpido te parecía ese tipo entonces, ¿recuerdas? No obstante para tu cumpleaños veinticuatro no te llevó nada de esto, sino que el sonido de la lluvia perpetuado en una cinta. Fue ahí cuando decidiste casarte con él… Sonreíste, al menos la lluvia y tu sangre te pertenecían.


Una gota cayó por tu mejilla, pero no le prestaste atención... ahora otra que recorría tu pecho. Entonces las gotas de tus piernas parecían juntarse luego con las de lluvia, estarías empapada tal vez, pero lo mismo daba. Los escalofríos llegaron uno tras otro; una gota, un escalofrío, y así pasaste toda la noche.


Al otro día no te sentías nada bien, unas puntadas atormentaban tu cabeza, sentías nauseas y unos incontrolables deseos de llorar. Adán te había llevado el desayuno a la cama y se había marchado al trabajo. Dijiste que llamarías para que vinieran a reparar la gotera durante la tarde, pero lo encontrabas realmente absurdo. Esa era una antigua construcción y no era nada nuevo tener ese tipo de percances. Te disponías a dormir unas horas más, pero alguien llamaba en la puerta. Levantaste tus pies de la cama, abres y sonríes de inmediato: era Horacio, tu vecino, tu amigo y tu amante. Entonces recuperaste todas tus fuerzas, lo besaste y te dispusiste a contarle el plan que habías ideado mientras caía una gotera sobre ti durante toda la noche: Matar a Adán.



- Es un poco peligroso, ¿no crees? -la voz de Horacio se escuchaba diferente, hasta podías decir que temía como un pequeño- tienes que reparar algunas cosas antes de rehacer tu vida.
- Podrías ayudarme a reparar el techo, por ahora –propusiste con ironía.



Llegó un jueves en la tarde; habías vuelto del trabajo y seguramente tu esposo no tardaría en poner los pies en el departamento. Fuiste directamente a tu cajón y sacaste el cuchillo de colección que te había obsequiado Horacio hacía años. Él jamás sospecharía para qué la usarías. Estuviste a punto de flaquear, de arrepentirte vilmente, casi... Tu vista se fue de improviso al techo de la habitación, al lugar de la gotera... Pensaste que podían crecer hongos con la humedad, pero jamás se te pasó por la mente que una flor podía salir de ahí. Era una rosa, una espantosa rosa roja llena de espinas. Sentiste que ardías por dentro, tu estómago, tu útero, todo se retorcía hasta hacerte sentir nauseas. ¡Qué criatura más repugnante, que ser más inmundo y mefítico estaba ahí contigo! No sabías si te referías a la rosa o a Adán, ya lo mismo daba. Intentaste sacar la rosa, desesperada, jalándola del tallo, pero sólo conseguiste que una espina te pinchara. ¿Cuándo dejaste que esa especie invadiera tu lugar? ¿En qué estabas pensando? ¿Cómo no te diste cuenta que esa anormalidad, esa brutalidad, esa cruel sátira a tu herida estaba creciendo sobre tu cama?, encima de ti, robando territorio ¡Desde cuándo dejaste de tener dignidad! De nada te sirven los sollozos ahora. Magdalena, la niña que siempre le temió a las flores, la jovencita que recibía flores de su enamorado, la mujer que había sido invadida por una rosa en su propio cuarto... De nada te servía llorar, la flor te secaría los ojos, la flor te secaría el sexo, la flor te secaría la garganta para que no gritaras… Subiste a la cama, comenzaste a vociferar y a tirar del tallo de la flor, viendo como tus manos se dejaban manchar rojas. Sentiste un dolor tal que volviste a gritar, sollozar, mientras apoyabas tus manos en el techo, dejando tus huellas rojas. La rosa estaba viva, más viva que cualquier otra cosa, hasta parecía reír, beber tu sangre, alimentarse de tu ahogo, de tu ira. Estaba ahí, al igual que Adán, que acababa de cruzar el umbral de la puerta y trataba de tranquilizarte inútilmente, diciéndote que no había nada en el techo, que soltaras el cuchillo, que dejaras de hacer eso por el amor de Dios... Dirigiste el arma con todas tus fuerzas al corazón de tu esposo, mas él sostuvo tu mano, la desvió y logró bajarte de la cama.



Caíste al suelo, te golpeaste en la cabeza y no despertaste hasta el otro día. Olías a hospital y no escuchabas lluvia. Adán te miraba desde lejos, cabizbajo. Horacio estaba a su lado, tenía la mano sobre su hombro. Miraste tus manos: el estigma lo llevabas como cortaduras de cuchillo, como espinas envueltas en trastornos. Las gotas del techo la habían dejado crecer, la lluvia te había traicionado… Desde ese momento, el cielo y tú se secaron.


Thursday, April 3, 2008

Preguntémosle al mundo


Cómo bajar por la duna más alta sin tropezarse, o si en la caída seremos capaces de levantarnos con más fuerza... Preguntémosle cómo podemos lanzarnos al abismo, dejar que los dragones nos coman las entrañas y aún así levantarnos en el mundo etéreo.

Es imperioso v i a j a r . . .