Sunday, November 18, 2007

Una conversación con Geertz en Marruecos

El año 2005, cuando entré a estudiar antropología en una perdida universidad de un país lejano (Chile) tuve la suerte de conocer a don Clifford Geertz. Ese mismo año, él comenzó a predecir su muerte. Había estado trabajando en cuanto lugar le fuese posible, y antes de morir deseaba volver a visitar algunos. Cuando me enteré que su edad le estaba pasando la cuenta, escribí una carta que rogué pudiera llegar a su destino: solicitaba, necesitaba, me urgía una entrevista con tal personaje. Me llegó la respuesta casi entrando el 2006 de su puño y letra, comunicándome sobre un último viaje que pensaba realizar a Marruecos, en la ciudad de Chefchaouen y que si deseba tanto conversar con él, viajara hasta allá y lo viera a la hora del té en la plaza central. No fue necesario que insistiera: Robé en un cajero automático una cantidad considerable de billetes con el rostro de Andrés Bello[1] y compré los pasajes en avión.

Una vez llegando seguí las indicaciones de la carta de don Clifford y encontré la plaza de Outa Hammanm que él me había señalado. Era un lugar realmente cautivante: Calles pequeñas, angostas y con aspecto de ciudadela de cuento. Un cuento, eso fue justamente lo que sentía vivir y lo que narraría posteriormente.

Fui precavida y compré un poco de café y de té, además llené un termo de agua hervida y caliente para poder conversar sin que se nos secaran las gargantas. Sabía que el señor Geertz no iba a querer entrar a algún local, así que lo esperé sentada en una banca y con termo en mano. Él no tardó en llegar.

Esa tarde tuve que adecuar mi cerebro al inglés, pero me es más fácil hablar sobre la entrevista en español, así que si omito algún comentario importante, doy mis excusas de antemano: el culpable fue el idioma. Don Clifford me saludó amigablemente y mostró unos vasos de plástico que traía consigo. Se sirvió té y yo un café. Estábamos con ropas cómodas, por suerte había un día templado y el sol no pegaba tan fuerte en los rostros. Noté que la plaza era bastante concurrida sobre todo por adultos, que tenía varios asientos como el que nosotros ocupábamos alrededor. Don Clifford se sacó su sombrero y dio a conocer su avanzada calvicie. “¿Por qué será que todos esos exéntricos poetas toman café o dorgas más fuertes aún?”, me preguntó observando mi vaso detenidamente...

Yo le había mostrado unas descripciones en versos que había hecho hacía un tiempo, le había hablado sobre mi grupo de poetas y nuestras sesiones de hierba y cadáveres exquisitos, le había mostrado mi interés por entender la hermenéutica de Dilthey y la de Heidegger, mis deseos casi delirantes de hacer un estudio como el de Turner en Ndembu y de experiementar algún trance con los alucinógenos de la tierra que habían en mi país. Él ya me lo había dicho antes, y esa ocasión lo repitió: Ganaría más tiempo y experiencia estudiando la plaza donde estábamos sentados que hablando con él. Tal vez tenía razón, pero con lo terca que soy, le expliqué que era capaz de estudiar la plaza y a la vez escucharlo, y al menos lo intenté.

Entonces él se apoderó de la primera pregunta. Y sin saber a ciencia cierta cómo responderle, comencé a sacar palabras al aire: Pensaba que estos seres que escribimos (aunque sea de forma incipiente) necesitamos dotar de nuevos significados a los actos, los colores, los tonos de voz, los sabores, las sensaciones... Si lográbamos escribirlo iba a ser como exhalar un tumor por los dedos, si lográbamos que el resto del grupo hiciera distintas lecturas de éste producto, tendríamos nuevas ideas sobre nuestras propias apreciaciones. Geertz asintió con la cabeza. Y me dijo una idea como lo que sigue:

“No saber a ciencia cierta” no constituía una herejía dentro de la disciplina según sus palabras. La antropología era un intento (subrayó esa palabra con su voz) de generar una ciencia que está relacionada con el concepto de cultura. Claramente él me estaba pidiendo que describiera, que interpretara una interpretación.

Debo confesar que cuando escuché esa última frase me vino un dolor de estómago casi insoportable. Él me preguntó si me sentía bien y le di excusas que el café estaba muy caliente. Pero no. Después de haberle preguntado por su salud y enterarme que al menos se sentía estable no pude ocultarlo más: Le expliqué sobre un trabajo que hice en la costa de la ciudad donde yo vivo (Valdivia, al sur de Chile) sobre las artesanías. Yo expliqué en mi introducción que si el arte en sí era un modo de investigar la condición humana, la antropología del arte era una interpretación de interpretaciones... Qué horrible es cuando nos damos cuenta que nuestra idea fue mucho antes expuesta y por un antropólogo consagrado como el señor Geertz.

Él me dijo que no cayera en desesperación y que era esa la razón por la que me urgía entrevistarlo me aseguró que tenía cosas más interesantes por compartir: Me dijo que durante su viaje a Bali se logró dar cuenta que el único modo de poder entrar en un estudio más detallado sobre las peleas de gallos fue sacarse su papel del distinguido antropólogo y no ocultar su capacidad de asombro. No me aconsejó que me convirtiera en nativa de cada lugar donde vaya a hacer etnografía, pero que abriera mi horizonte hacia los nuevos conocimientos y experiencia que adquiriría en ese lugar. En la práctica hallaremos tal vez las beses para postulados nuevos.

“¿A qué nos invita Geertz?” le pregunté ya un poco más tranquila y sacando un reproductor de mp3 de mi bolso. A aventurarse en etnografías, a conocer, a internarse en mundos diversos. Él nos llamaba a creernos y crearnos la disciplina y no matarla: Los antropólogos hacen etnografía, etnografía es descripción densa, es interpretación, es un abanico de posibilidades en la cual nunca sabremos “a ciencia cierta” si es tal cual como lo enunciamos. Nuestra mochila de conocimientos y prejuicios no es tan fácil de abandonar y sería iluso pensar que nuestras interpretaciones no están marcadas en algún momento por estos previos.

Don Clifford sacó un cigarrillo y me ofreció uno, pero le expliqué que no me agradaba el alquitrán ni el arsénico, así que no insistió. Yo saqué mis audífonos y le pedí que escuchara un tema de un grupo chileno (Congreso). El tema se llamaba “Sur”, pero el título preferí dejarlo en misterio. Lo observé mientras lo escuchaba y noté cómo su ceño se fruncía y su mandíbula se contraía: “A veces Chile es hostil pero hermoso, es frío, está cargado de creencias que dominan a los vivos...” Dijo al terminar de escuchar el tema. Claramente el tema que le presenté (a pesar de ser instrumental) exclamaba con mucha fuerza el carácter sublime del sur de Chile. Sublime digo porque nos causa admiración y a la vez miedo enfrentar una tormenta entre medio de una vegetación espesa e imponente.

¿Qué era en ese entonces la plaza donde estábamos sentados? La verdad es que no logré describirla bien. Me concentré más en nuestra conversación, en cuál era mi labor como antropóloga (suena espantoso, lo sé, tal vez debería llamarlo así: la invitación que nos hace la antropología. Si queremos la tomamos, sino, la transformamos.) Y la verdad es que la plaza me interesaba poco[2]. Nos servimos otro té y otro café. Ya comenzaba a vaciarse un poco la plaza... Geertz miraba al cielo y hablaba para sí en un inglés que apenas lograba comprender... “Moriré pronto” dijo al fin. Otra vez el dolor de estómago. El pájaro del árbol se escondió por entre las ramas y de pronto todo quedó en silencio. Él iba a morir pronto, ya lo decía su edad y su propia boca; y yo testigo... ¿Cómo debía interpretar esas palabras? Sólo cruzaron como flecha, pasaron sin filtro y no esperaron que mi cabeza lograra darles otro significado. Clifford Geertz moriría y tal vez sería yo la última en entrevistarlo. Habría querido fotografiarlo (y habría mostrado aquí una evidencia de ese momento), pero no creí que fuera apropiado pedirle una foto si él comenzaría a hablar de su muerte (y de su vida).

Habló sobre su suerte y las oportunidades que tuvo desde pequeño de cambiar el cause de su destino. Pudo estudiar, pudo perfeccionarse, y es más, hasta tuvo la oportunidad de hacer clases, de transformar la antropología desde una ciencia rigurosa a una disciplina interpretativa. Me dio a entender que aún era posible realizar etnografía y que había muchos temas que aún son dejados de lado. Le di las gracias y no sólo por alentarme en un proyecto tal vez híbrido que aún no tengo claro, sino que por haberme abierto parte de su entender y su sentir. Le regalé un libro de Juan Emar, un escritor de mi país (mi favorito) del tiempo de las vanguardias. No le quise explicar más, después de todo, la idea era que él mismo lo descubriera.

Nos despedimos. Me dijo que cuidara mi salud. Le dije que disfrute.

Yo me fui de Marruecos a los días siguientes, pues no tenía más dinero para permanecer ahí. Tomé el avión y comencé a hacer memoria para captar algo de la inusual conversación.

La entrevista no la grabé, de hecho, tengo apuntes un poco vagos y el único escrito más o menos claro que tengo para exponer las ideas que en ese momento se plantearon es este que doy a conocer ahora en el 2007, a casi un año de su muerte. En nombre de esa tarde y de todo lo que pasó por mi mente ese día, me prometí que no seguiría todo al pie de la letra como lo dijo Geertz, sino que tomaría y reinventaría lo que creo que está a mi alcance de mejorar dentro de la antropología.



[1] En Chile el billete con la cara de Andrés Bello es el de mayor valor. Valen casi 40 dólares cada uno.

[2] En realidad no me interesaba en lo más mínimo, pero como sé que no todas las personas leen los pies de página, me atrevo a decirlo en esta parte de la hoja. Mi propósito era describir la entrevista, el contenido, las circunstnacias, el porqué... Bueno, usted ya lo leyó, ahora está obligado a terminar de leer. Ya sabe que en ese momento la plaza no importaba, salvo el asiento que nos soportaba y el pájaro que cotorreaba en un árbol cercano a nosotros y que a veces lograba desviar nuestra atención.

2 comments:

BlackJacket said...

"demons dance alone.... but somehow i was seduced..."

buen escrito.
saludos.
blackmetal.

Anonymous said...

Este trabajo lo leí hace muuucho tiempo atrás y estuve muy impresionada porque pude visualizarte todo el tiempo mientras leía. Me encanta que logres hacer que me pase eso!!! Después de mucho tiempo, volví a reecontarme con este trabajo, no hay coincidencias, todo fue por algo, por algo caí otra vez a leerlo, me hizo muy bien! y me pude tomar el tiempo de escribirte un comentario que antes no pude. Besitos de tu jermana.